Musicoterapia con sentido: claves para una buena
práctica
Cuando hablamos de musicoterapia, muchas personas imaginan música de fondo o actividades musicales con fines recreativos. Sin embargo, la musicoterapia es una disciplina terapéutica con objetivos claros, planificación y una profunda responsabilidad ética.
Hablar de buenas prácticas implica comprender que la música no se utiliza de forma aislada, sino como una herramienta al servicio de las personas y sus procesos.
Una buena práctica comienza antes de que suene la primera nota. El trabajo del musicoterapeuta incluye la observación, la evaluación y la planificación de sesiones adaptadas a cada persona o grupo.
Aunque la intervención pueda parecer espontánea, detrás de cada propuesta hay una intención terapéutica y una escucha constante. La improvisación no es azar, sino una herramienta clínica que permite responder con flexibilidad a lo que sucede en el momento.
En contextos de neurodiversidad, las buenas prácticas se sostienen especialmente en estructuras claras y predecibles, como canciones de bienvenida o rituales de cierre, que aportan seguridad y anticipación. La estructura no limita la creatividad; la hace posible.
La persona está siempre en el centro del proceso. La música no es el objetivo final, sino el medio para favorecer la comunicación, la regulación emocional y la expresión. Por ello, se respetan los ritmos individuales, los silencios y las distintas formas de participación. En musicoterapia, participar no siempre significa tocar o cantar; también puede ser escuchar, moverse o simplemente
estar. Nunca se obliga: se invita y se acompaña.
Otra realidad poco conocida es que en musicoterapia no todo tiene que sonar “bien”. Un ritmo repetitivo, un sonido intenso o un cambio de tempo pueden ser respuestas significativas. La música en vivo, especialmente la voz y los instrumentos acústicos, permite ajustarse al momento, regular la intensidad y favorecer el vínculo, algo especialmente valioso en el trabajo con infancia y neurodiversidad.
Las buenas prácticas también incluyen el trabajo en red con familias y equipos profesionales, el respeto por los límites de la profesión y la reflexión continua sobre la intervención.
En definitiva, las buenas prácticas en musicoterapia se reflejan en espacios seguros, en la confianza que se genera y en procesos respetuosos que valoran la diversidad como una riqueza. Porque la
musicoterapia no es solo música: es escucha, vínculo y presencia. Y cuando se ejerce con
sensibilidad y responsabilidad, la música se convierte en una verdadera herramienta de
transformación.
Camila Adarve – Musicoterapeuta –


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